Anoche estaba tumbada en la cama, con los pies apoyados en la pared, como de costumbre, moviéndolos al compás de la música que escuchaba. Cuando finalizó una canción y en los cinco segundos que tardó en comenzar la siguiente, escuché los golpes que daban las persianas. Hacía viento, mucho viento. Casi sin meditarlo un segundo, me levanté de la cama, cogí las llaves de mi casa y subí a la terraza comunitaria. Avancé entre la ropa serpenteante tendida hasta quedarme en una zona alejada y me quedé plantada. Me gusta sentir el viento en mi cara, notar mi pelo bailar una melodía siseante, como si un ser invisible me susurrase al oído cosas bonitas, tan bonitas que erizase el vello de mi nuca. Y pese a temblar de frío, seguí pasmada. Dejé la mente en blanco, de pronto mi cuerpo se había convertido en la sensibilidad personificada. Notaba en cada punto el frío, el aire y mi piel, poniéndose en guardia. Miré a mi alrededor, me encontraba sola en la total oscuridad. Me senté en el suelo, encendí un cigarrillo y me tumbé. Comencé a tararear canciones, a levantar los pies, y de pronto, sin quererlo, me eché a llorar. Las lágrimas recorrían mis mejillas hasta caer en picado al suelo, respiraba entrecortadamente, abandoné el cigarrillo y posé mis manos sobre mi rostro.
Puedes estar rodeada de cientos de personas, ser la persona más sociable del mundo, pertener a un foro, tener Facebook o Twitter y sin embargo, sentirte sola.
martes, 7 de febrero de 2012
domingo, 5 de febrero de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
Estoy en un apuro
Así es. Tengo un problema de los gordos. De esos que dices: ¡Esto sólo podría ocurrirme a mí! ¡Qué mala suerte tengo! ¿Por qué la vida es tan cruel? Eso junto a miles de improperios.
Creo no haber mencionado nunca una pequeña tontería que tengo desde hace mucho tiempo y de la cual ni recuerdo por qué surgió. El caso es que me da vergüenza hablar por teléfono. Ya sea para pedir cita para el médico o llamar a un amigo a su casa. Es realmente absurdo, pero lo paso realmente mal. Me pongo muy nerviosa, me tiemblan y sudan las manos... Siempre que por fuerza mayor he tenido que llamar a alguien, le he pedido a mi madre que llamase ella y entre risas y burlas, lo hacía.
Y aquí mi gran problema:
Mañana por la mañana he de llamar por teléfono a un restaurante para hacer una reserva (el próximo sábado, celebro mi cumpleaños), mis padres no estarán en casa, luego, me tocará llamar. Sólo de pensarlo me pongo frenética. ¿Qué hago? Muchas veces, para evitar llamar, he terminado acercándome al sitio en cuestión, pero esta vez no podré ya que está bastante lejos de mi casa.
¿Qué me ocurrirá mañana? ¿Me deshidrataré? ¿Tendré un ataque al corazón? ¿Me saldrá voz de pito? ¿Tartamudearé? ¿Me armaré de valor y afrontaré mi tontería? ¿Se reirán y señalarán con el dedo cuando me vean entrar por la puerta el sábado?
Por favor, dadme suerte, la necesitaré.
Creo no haber mencionado nunca una pequeña tontería que tengo desde hace mucho tiempo y de la cual ni recuerdo por qué surgió. El caso es que me da vergüenza hablar por teléfono. Ya sea para pedir cita para el médico o llamar a un amigo a su casa. Es realmente absurdo, pero lo paso realmente mal. Me pongo muy nerviosa, me tiemblan y sudan las manos... Siempre que por fuerza mayor he tenido que llamar a alguien, le he pedido a mi madre que llamase ella y entre risas y burlas, lo hacía.
Y aquí mi gran problema:
Mañana por la mañana he de llamar por teléfono a un restaurante para hacer una reserva (el próximo sábado, celebro mi cumpleaños), mis padres no estarán en casa, luego, me tocará llamar. Sólo de pensarlo me pongo frenética. ¿Qué hago? Muchas veces, para evitar llamar, he terminado acercándome al sitio en cuestión, pero esta vez no podré ya que está bastante lejos de mi casa.
¿Qué me ocurrirá mañana? ¿Me deshidrataré? ¿Tendré un ataque al corazón? ¿Me saldrá voz de pito? ¿Tartamudearé? ¿Me armaré de valor y afrontaré mi tontería? ¿Se reirán y señalarán con el dedo cuando me vean entrar por la puerta el sábado?
Por favor, dadme suerte, la necesitaré.
miércoles, 1 de febrero de 2012
¿No has querido recibirme esta noche? Hay momentos en que creo no haber leído nunca hasta el fondo de tu alma. Tu mirar me asusta. Me das miedo. ¡Dios santo! ¿Acaso no me has amado nunca? Si es así, que mi marido descubra nuestros amores y que me encierre en una prisión perpetua, allá en el campo, lejos de mis hijos. Acaso Dios lo quiere así. Yo moriré pronto. Pero tú serás un monstruo.
¿No me amas? ¿Te has cansado de mis locuras, de mis remordimientos, impío? ¿Es que quieres perderme? Pues te ofrezco un medio fácil. Anda, enseña esta carta en todo Verrières, o mejor enséñasela sólo a monsieur Valenod. Dile que te amo... pero, no, no pronuncies semejante blasfemia: dile que te adoro, que para mí no comenzó la vida hasta el día que te conocí; que ni en los días más locos de mi juventud ni siquiera soñé la felicidad que te debo; que te he sacrificado mi vida, que te sacrifico mi alma. Tú sabes que te sacrifico mucho más.
¡Pero qué sabe de sacrificios ese hombre! Dile, dile para irritarle que desafío a todos los canallas y que en el mundo sólo existe para mí una desgracia: la de ver cambiar al único hombre que me une a la vida. ¡Qué felicidad para mí perderla, ofrecerla en holocausto y no temer ya más por mis hijos!
Madame de Rênal, Rojo y Negro, pág. 157
¿No me amas? ¿Te has cansado de mis locuras, de mis remordimientos, impío? ¿Es que quieres perderme? Pues te ofrezco un medio fácil. Anda, enseña esta carta en todo Verrières, o mejor enséñasela sólo a monsieur Valenod. Dile que te amo... pero, no, no pronuncies semejante blasfemia: dile que te adoro, que para mí no comenzó la vida hasta el día que te conocí; que ni en los días más locos de mi juventud ni siquiera soñé la felicidad que te debo; que te he sacrificado mi vida, que te sacrifico mi alma. Tú sabes que te sacrifico mucho más.
¡Pero qué sabe de sacrificios ese hombre! Dile, dile para irritarle que desafío a todos los canallas y que en el mundo sólo existe para mí una desgracia: la de ver cambiar al único hombre que me une a la vida. ¡Qué felicidad para mí perderla, ofrecerla en holocausto y no temer ya más por mis hijos!
Madame de Rênal, Rojo y Negro, pág. 157
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