domingo, 22 de julio de 2012



"Es curioso besar a alguien con un piercing en el labio"

martes, 17 de julio de 2012

Abrir los ojos, escuchar tu respiración constante, notarte lejos y apoyar mi cabeza en tu clavícula, cerrar los ojos y dormir.

lunes, 7 de mayo de 2012

Eran las seis de la mañana y estábamos sentados en un banco totalmente solos, cerca del Palau de la Música. Con la cabeza apoyada en su hombro y mirando el suelo, sin pensar en nada, me susurró:

- ¿Te has fijado? Un pájaro se ha caído del árbol y está en el suelo.

Me levanté y comencé a acercarme. Era una paloma bastante grande y no se movía. Me situé delante de ella y me agaché a observarla. Tenía un color pardusco y su cuerpo se movía muy poco, respiraba cuanto apenas. Pasé mi dedo índice por su cabecita, acariciando su cuerpo, su cola. Se estremeció levemente y abrió el pico, pero no hizo nada más. No sé cuánto tiempo estuve acariciándola, pero cuando me di cuenta, su cuerpecito no se movía, no respiraba. Había muerto. Miré a Borja horrorizada, el cual me observaba impasible en el banco. Me levanté de allí, comencé a andar hacia él y me senté en sus rodillas. Me puse a llorar.

-¿Estás llorando?
-No, yo nunca lloro.
-¿Entonces?
-No es nada.

Nos levantamos y andamos hacia ninguna parte.

-¿Sabes qué es lo bueno de presenciar la muerte?
-¿Qué?
-Que te hace sentir realmente vivo.

Nunca en mi vida había visto morir a nadie y sin quererlo, como una simple espectadora, vi cómo una paloma moría sin poder hacer nada por ella.

domingo, 22 de abril de 2012

El día que subí en un ascensor

Me dan miedo los ascensores. Soy ese tipo de gente que es capaz de subir 20 pisos con tal de no entrar en ese cuadrado del mal. El origen de mi trauma fue que, siendo niña (con seis ó siete años), me quedé encerrada en uno junto a mis padres y mi entonces cachorro Toby. Pasé tan mal trago que me juré una y otra vez abrazada a mi perro que nunca más subiría en uno. Evidentemente, y por causas mayores, tuve que subir alguna vez obligadamente (cuando me hice un esguince de tobillo o cuando me operaron de apendicitis) pero nunca se me había pasado por la cabeza intentar vencer ese miedo. Todo cambió el miércoles pasado.

Acompañé a un compañero de clase a su casa junto a su madre, tuvimos que llevar la compra del día y me ofrecí a echarles una mano. Con un pack de bricks de leche sin lactosa entre las manos, les acompañé hasta el ascensor y decidí muy fugazmente a entrar en ese cubículo de la agonía. Se cerraron las puertas y yo me aferré al pack de leche sin lactosa como si estuviese abrazando a mi perro aquel fatídico día. Comenzaron a hablar entre ellos mientras yo tenía la cabeza agachada contando los círculos que habían en el suelo, soportando el peor de los agobios y un extremo calor en mi cuerpo. Cuando se abrieron las puertas, salí escopetada de allí apretando fuertemente el pack de leche sin lactosa, detuviéndome en la puerta de su casa. Me sentía mareada a la par de eufórica. Una vez en el patio, miré a mi compañero, le abracé y grité: ¡He subido en ascensor voluntariamente! Éste, sorprendido, me puso su mano en mi espalda y con un suave golpecito me dijo: Muy bien, Laurita, lo has conseguido. ¿Volverás a subir en uno? Yo, con una gran sonrisa le contesté: No, nunca, pero al menos le he plantado cara por una vez en la vida, ¡JA!