domingo, 15 de enero de 2012

He tomado como una rutina placentera escuchar música clásica mientras fumo un pitillo en la ventana antes de irme a dormir. A veces pienso lo fantástica que es esa música, lo que puede llegar a transmitirte sin necesidad de una voz que le acompañe. Suelo pensar mucho y en muchas cosas a lo largo del día, puede parecer que me encuentre en un ensimismamiento ridículo. Algunos le llaman (o me llaman) empanamiento, yo lo llamo abstracción. Nunca suelo contar aquello que pienso, directamente miento si se me pregunta, considero que es algo mío y privado. Es una auténtica delicia perderse en los pensamientos de uno mismo.
Cuando lleno la bañera de agua, me gusta aguantar la respiración una vez sumerjo la cabeza y escuchar los latidos de mi corazón, imagino que es morse, que me habla. De hecho, lo hace. Todavía no sé morse, espero aprenderlo algún día.

Una vez, mi madre me llamó insensible. Esa noche lloré como una niña en mi habitación, horas. No lloro delante de nadie, me da vergüenza. Me cuesta abrirme a la gente, suelo ponerme nerviosa y termino diciendo chorradas. Pero el caso es, que me considero demasiado sensible. Eso no lo sabe nadie. Aparentemente soy la solidez personificada. Eso sí lo saben. Me he emocionado escuchando el Canon de Pachelbel, viendo fotografías en una exposición, admirando mi cuadro favorito o leyendo Ni de Eva ni de Adán. Es más fácil catalogar sin conocer, nos crea una falsa idea de máximo conocimiento sobre algo. Idiotas. Realmente ofrezco tan poco que nadie se para a preguntarme.

Quizá el problema es que realmente no me conozco, tal vez esa sensación sea desprendida por todos mis poros contagiando a cualquiera. Pero si de algo estoy convencida es que si alguien lee mi blog entero y lee entre líneas sabrá conocerme mejor que muchos amigos e incluso mi familia.

Todavía me pregunto por qué escribo esto. No pretendo que nadie me conozca, no quiero que se piensen que me creo alguien especial y magnífico. Mi blog es todos los sentimientos que me guardo a lo largo del día, de los cuales a nadie puedo contar. Creo que esa es la palabra: poder.

3 comentarios:

Belsan dijo...

A veces, uno tiene tantísimo miedo de que los demás descubran lo frágil que es y le hagan daño, que procura mostrarse fuerte y desenvuelto, hasta el punto de que a veces los otros, cuando no lo conocen tanto, creen que es ése y no otro su verdadero yo. En parte, no se les puede culpar; llegar a conocer a alguien es muy difícil, y cuesta mucho excavar la apariencia hasta llegar al núcleo tierno que subyace. Y el miedo es tan paralizante, que a veces la simple idea de mostrarse tal y como uno es, con sus debilidades vergonzantes, provoca arritmias y sudor frío (a mí me pasaba). Con todo, siempre es mejor darse a conocer lo más sinceramente posible, aun a riesgo del ridículo y de los golpes. Así nadie (ni tú mismo, que es lo más importante) te podrá reprochar nunca que engañaras. Y si alguien te juzga superficialmente a pesar de eso... pues buén, no vale la pena.

Charlotte dijo...

Tal vez el problema es que te conoces demasiado.

Mia dijo...

Sois dos amores, gracias :)